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Vasectomía: motivaciones historicas y cuestionamientos morales

Cecchetto Sergio

Doctor en Filosofía; Magíster en Ciencias Sociales; Especialista en Bioética.CONICET /Universidad Nacional de Mar del Plata

Hemos querido recurrir a una visión genealógica de la práctica de la vasectomía (esterilización masculina permanente)1 y seguir paso a paso la recepción y las transformaciones que esa técnica quirúrgica sufrió en distintas sociedades, con el objeto de poder enunciar la problemática bioética, el conflicto moral que, en cada caso, le siguió. Se analizarán a continuación tres figuras, tres imágenes o ilustraciones que nos permitirán subrayar ese conjunto de dificultades y, al mismo tiempo, explayarnos sobre ellas para fijar posición. Una posición personal que, en todo caso, no rehuye la polémica ni pretende cerrar unilateralmente espacios abiertos todavía a la revisión y al consenso.

 

UNO

Le debemos a Charles Edouard Brown-Sequard (1817-1894) las primeras reflexiones teóricas acerca de la relación entre la producción hormonal y el proceso de envejecimiento. Durante 1889 el avanzado estado de sus estudios lo llevó a probar sobre sí mismo las consecuencias que podrían derivarse de la inoculación de extracto testicular animal en el varón, esperando que la nueva sustancia alcanzace para revertir o al menos detener la marcha del envejecimiento. Más tarde, siguiendo sus pasos, Eugen Steinach (1861-1944) alcanzó reconocimiento mundial por su teoría autoplástica para el tratamiento de ese mal irreversible. Este fisiólogo vienés dedujo que después de una vasectomía, luego del cese de la secreción de las gonadas, podría producirse un aumento en la producción hormonal y con ello un retardo en el proceso de envejecimiento. La primera operación para demostrar las implicaciones prácticas de su teoría fue llevada a cabo por él en 1918, y de ella resultó una explosión de la operación esterilizante a lo largo del mundo civilizado en las décadas siguientes por este extraño y quizá algo frívolo motivo: ser joven. Su técnica fue precozmente imitada por cirujanos norteamericanos -Harry Benjamin y Charles H. Chetwood, entre otros-, y los entusiasmados pacientes se sometieron de buena gana a la "operación de rejuvenecimiento", tal como algunos publicitariamente la llamaban.2.

 

La práctica esterilizante adquirió desde esta perspectiva un tinte poco dramático, pues el móvil perseguido por los candidatos voluntarios a la cirugía -varones de cierta edad y educación- era seleccionado con plena convicción y libertad. Asimismo el número de personas intervenidas, si bien importante, nunca llegó a extremos desmedidos, hecho que permitió a los cirujanos involucrados con la novedad pasar desapercibidos y, en consecuencia recibir escasas reconvenciones, principalmente por parte de los teólogos y de los distintos grupos religiosos. No pretendemos sugerir que no existía problema moral alguno, sino más bien que esa “diferencia” moral no constituyó una puja social entre grupos enfrentados: el de los oferentes y clientes por un lado, y el de los detractores por el otro. Cualquier condena sobre el proceder de los entusiasmados varones que perseguían la juventud, o sobre la actuación de los enriquecidos cirujanos, debería enunciarse en términos contemporáneos, similares a los anotados más adelante en nuestro tercer apartado y, quizá, todavía, para alcanzar mayor precisión, acercarlos a las disputas contemporáneas en torno de la cirugía plástica orientada al embellecimiento y no a la reparación.  Nos abstenemos ahora de señalar estos pormenores para no abundar en argumentos repetidos y para no caer en anacronismos.

 

DOS

Es justo señalar que ya con anterioridad a 1918 tanto las mujeres como los varones eran esterilizados, y que se contaba en distintas naciones del mundo con legislación que permitía disponer de la capacidad generativa de los individuos, pero los métodos para arribar a la infertilidad del paciente, la importancia acordada a su consentimiento y las motivaciones esgrimidas eran bien distintos. Los USA desde 1907 y Noruega cuando corría el año 1915, se convirtieron en los primeros estados que recogieron los aportes eugenistas en su legislación interna. Sin embargo este panorama no puede cabalmente comprenderse si no se lo contextualiza, mostrando algunas conexiones internas que vinculan a la innovación quirúrgica del profesor vienés -aprovechada luego para un propósito diferente del original- con el activo movimiento eugenista europeo-norteamericano y las transformaciones sociales y económicas de la época.3

 

El término eugenesia y su concepto de  fueron esbozados en la Gran Bretaña victoriana por Francis Galton -primo de Charles Darwin- en 1883, para designar a "la ciencia que trata de todas las influencias posibles para mejorar las cualidades innatas de una raza, sobre todo aquellos caracteres que más la pueden mejorar". Su pretensión manifiesta era procurar el aumento del número de los mejores, más que evitar la reproducción de los peores; y estableció para ello en Londres un laboratorio -actualmente el célebre Galton Laboratory- y dos sociedades para educar e investigar temas eugenésicos. En una de las últimas conferencias que pronunció, antes de morir en 1911, planteó abiertamente "nuestros conocimientos no son todavía suficientes para justificar una legislación o alguna otra disposición estatal, excepto en casos extremos".4

 

Wilhelm Schallmayer, sin haber conocido la obra de Galton, desarrolló poco después ideas parecidas en su estudio De la degeneración corporal que amenaza a la humanidad civilizada (1891), incorporando tópicos del darwinismo a la sociedad de los hombres. Puede decirse que ambos compartían un clima intelectual que afligía a Europa desde 1850 con un diagnóstico oscuro en el que se mezclaban el descontento y la noción de decadencia o degeneración física y moral. El eugenismo moderno combinó de modo especial esta premisa con el paradigma de la evolución de las especies y de la selección natural y, poco después, con los incipientes desarrollos en el campo de la genética -no transmisibilidad de los caracteres adquiridos, teoría de la herencia de A. Weissmann, más adelante los trabajos de J.G. Mendel, etc-, esa amalgama ganó consistencia y prestigio científico. El programa del movimiento reconocía dos orientaciones: por un lado el eugenismo positivo intentaba favorecer la reproducción de las personas juzgadas valiosas haciendo promoción y prevención de la salud, desterrando el consumo de alcohol, enseñando puericultura a las madres jóvenes y sosteniendo con ayudas (no sólo económicas) a familias sanas que deseaban tener más hijos para así remediar las bajas tasas de natalidad. Por otro lado el eugenismo negativo tendía a desalentar, limitar, prevenir o prohibir la reproducción de aquellos individuos reconocidos como "indeseables" mediante esterilizaciones, impedimentos para consumar uniones interraciales, denegación de las autorizaciones médicas de casamiento, etc; en el convencimiento de que las costumbres de la sociedad urbana de entonces y la medicina del momento estaban empeñadas en permitirles sobrevivir a los más inaptos, es decir sociedad y medicina científica estaban embarcadas en una dirección anti-darwiniana que comprometía el patrimonio genético humano y el futuro inmediato de las naciones.

 

La mayoría de los genetistas, antropólogos físicos y biólogos reconocidos estaban enrolados en esta nueva causa cuando se llevó adelante el I Congreso Internacional de Eugenesia organizado en Londres por la Sociedad de Eugenesia en 1911. Podría asegurarse que todos ellos asistieron al II Congreso Internacional de Eugenismo celebrado en New York durante 1921 y que, en mayor o menor medida y sin distinción de bandería política ni de religión, se encontraban ya participando en sociedades secretas o públicas pro-eugenismo, cátedras e institutos de investigación muy cercanos a los niveles máximos de decisión en sus respectivos países.5 Los profesionales empeñados en aumentar la natalidad de los mejores y limitar la reproducción de los indeseables formularon un argumento de gran interés para los gobiernos: los costos sociales y económicos que suponía la atención de aquellos que padecían enfermedades hereditarias o  mentales,  de los alcohólicos irredimibles y de los criminales, eran altísimos. Con las crisis económicas del primer tercio del siglo XX y las heridas aún abiertas de la Primera Gran Guerra desoír ese vaticinio era  ir en contra de la ciencia oficial -a la postre positivista- y ser miope en términos políticos. Por eso especialmente en la década 1928-1938 los más eminentes científicos colaboraron con sus respectivos gobiernos para formular legislación de avanzada en materia de eugenesia. Así ocurrió en un cantón de Suiza durante 1928, en Dinamarca (1929, 1935, 1939 y 1956),6 Suecia (1922 -año en el que se fundó el Instituto de Estado para la Biología Racial-, 1931 y 1935), Alemania (1933) y, tras ella, siguiendo su ejemplo, Noruega (1915 y modificatoria de 1934, en donde el Parlamento desestimó el uso de la coacción), Finlandia7 e Islandia (1938), una provincia del Canadá en 1921, USA (en cerca de treinta Estados durante el período comprendido entre 1907 y 1936 para perseguir a los débiles mentales congénitos, a los trastornados mentales y epilépticos, a enfermos de caracter genético y criminales reicidentes)... 8

 

El problema principal que algunos sectores comenzaron a advertir entonces fue que, especialmente en Alemania, a la tríada decadencia - seleccionismo darwiniano - genética vino a sumársele un cuarto ingrediente que, en pocas palabras, podríamos hoy tildar como racismo. Los centros de investigación más notables se habían establecido en territorio germano durante los primeros años del siglo, alcanzado el reconocimiento institucional durante la década del '10 -en especial cuando la Sociedad de Eugenismo se integró a la gran Sociedad de Naturalistas y Médicos alemanes-, reconocimiento académico en la del '20 y claro poder político en la del '30.9 Las crisis económicas por las que atravesó el país en 1923 y 1929-1933 permitieron que las ideas del grupo maduraran en las cabezas de los políticos, proceso que culminó con la declaración del Ministerio del Interior del 30 de junio de 1933, donde se anunciaba la introducción de la eugenesia en la legislación del país como un derecho-deber de las autoridades de aplicar los recientes conocimientos genéticos y prevenir en simultáneo la procreación de individuos incapacitados por anormalidades hereditarias. La aprobación de la Ley de prevención de la descendencia con enfermedades hereditarias no se hizo esperar, se realizó quince días más tarde incorporando gran parte del proyecto prusiano previo de 1932, que no consiguió oportunamente alcanzar el Reichstag. El Consejo de Sanidad de Prusia preparó ese documento con el fin de esterilizar a idiotas congénitos, esquizofrénicos, maníaco-depresivos, epilépticos hereditarios, alcohólicos profundos, ciegos hereditarios y personas afectadas por el mal de San Vito u otras deformaciones físicas graves, producto de su herencia. Al ser retomado el proyecto un año después se incluyó también a la coacción como método disuasorio y fue complementado por otras leyes suplementarias, en las que se prohibía en forma expresa contraer matrimonio con personas "genéticamente deficientes" o con individuos pertenecientes a "razas inferiores". Entre 1934 y 1939 trescientos mil idiotas y psicóticos fueron esterilizados, pero dejando a un lado las consideraciones enarboladas en favor de un eugenismo voluntario: si los inaptos biológicos no colaboraban "voluntariamente", el Estado tenía que imponerles por la fuerza el cumplimiento de la norma vigente.10 Ya inmersos en la Segunda Gran Guerra (1939-1945), esta práctica se mantuvo en los campos de concentración y exterminio por intereses pretendidamente científicos. Mientras el médico Horst Schumann gustaba irradiar los órganos sexuales de varones y mujeres su colega, el prestigioso Profesor Clauberg, pasaba sus días inyectando sustancias cáusticas en las trompas de Falopio de cientos de mujeres judías.11

 

El ejemplo alemán aunque consiguió imitadores en varias otras naciones, también hizo que la campaña masiva por ellos emprendida empezara a verse a la distancia como una rara mezcla de racismo, ideología y pseudociencia. Por otra parte varios de los postulados eugenistas del período 1890-1920 sufrieron refutaciones parciales, y esto atemperó el entusiasmo desmedido expresado por algunos científicos de importancia en un primer momento. Justo antes de comenzar la Segunda Gran Guerra, los genetistas ingleses y norteamericanos reunidos en el VII Congreso Internacional de Genética (1939) dieron a conocer un manifiesto en el cual reaccionaban frente a la intransigencia hitleriana, consignando especialmente que resultaba un hecho ajeno a la ciencia el pretender que algunos pueblos monopolizaran los buenos o los malos genes. La recepción de estos reparos en la Alemania nacionalsocialista no existió, porque ya desde el año 1933 sus vínculos con las comunidades científicas extranjeras estaban cortados o bien discrecionalmente limitados por el poder político.12 La progresiva rigidez alemana en estos asuntos llevó a que durante el período de la contienda bélica se procediera a eliminar no ya la capacidad generativa de los individuos inferiores sino sencillamente a eliminarlos físicamente, cumpliendo así con la Therapia Magna Auschwitzensis de higiene racial. La "Operación Eutanasia" fue ordenada por el régimen en 1939 y llevó a la cámara de gas o a la muerte por hambre a cerca de 200.000 alienados, iniciativa que también los franceses practicaron en simultáneo.13

 

El fin de la contienda mundial trajo consigo la salida a la luz de estos asuntos, especialmente a causa de la tarea desarrollada por los aliados en los juicios de Nüremberg (1946) contra los criminales de guerra y los médicos participantes en dudosas experimentaciones con sujetos humanos.14 A pesar de las pocas condenas obtenidas y la gran indulgencia con que trataron las autoridades médicas de la Alemania Federal a la mayoría de los profesionales sospechados, estos Juicios sellaron el destino del eugenismo al que, con cierta confusión, el público común tiende aún hoy a identificar plenamente con el racismo y la pseudociencia. La pervivencia de ciertos rasgos eugénicos en la medicina contemporánea de cuño científico puede rastrearse sin embargo con relativa sencillez en algunas especialidades y subespecialidades clínicas, donde asume especial fuerza la vertiente negativa de la disciplina bajo el paradigma de la prevención y el de la intervención precoz.

 

Inscripta la esterilización masculina permanente en el marco que hemos esbozado precedentemente, aparecen algunos serios problemas de corte ético. Sin duda resalta en primer lugar la amenaza a un conjunto de libertades individuales, entre las que se encuentran el ejercicio de la propia autonomía para elegir pareja, la intromisión de terceros en la decisión íntima de procrear, etc. En segundo lugar, y no menos importante, es la coación ejercida por distintas instancias (científicas, gubernamentales, administrativas, etc) sobre los candidatos a esterilización, obligando por la fuerza a que se sometan a la práctica indicada sin prestar atención alguna a su aceptación o rechazo voluntarios y libres.15 Los reparos que oportunamente se plantearon para oponerse a ese proceder autoritario son válidos todavía hoy, y resurgirían en caso de que esos abusos se repitieran.  Debemos convenir a pesar de ello en que actualmente las dificultades bioéticas a que nos enfrenta la esterilización masculina permanente son de otra naturaleza y están inscriptas en un contexto bien diferente.

 

TRES

Una vez cerrado el capítulo del eugenismo, y habiendo dejado atrás la frustrada idea de la relación entre vasectomía y rejuvenecimiento, la práctica de la esterilización humana casi desapareció por completo. Al menos su utilización mantuvo bajos niveles constantes y se concentró en zonas muy bien delimitadas hasta la llegada de los años 1960-1970.16 Fue entonces cuando el mundo comenzó a escuchar que el crecimiento demográfico obtenido por concurso de factores tan disímiles como las innovaciones económicas y técnicas, la higiene y los adelantos biomédicos, podía convertirse en una amenaza terrorífica capaz de acabar con el señorío del hombre sobre la Tierra. La hoy corriente expresión "explosión demográfica" fue utilizada por primera vez por el profesor Philip M. Hauser en la reunión anual de la Asociación Americana de Sociología en agosto de 1968,17 y pronto se extendió a otros campos del saber, resucitando los temores difundidos por el pastor anglicano Thomas R. Malthus en su Ensayo sobre los principios de la población (1798). En especial el Club de Roma no escatimó esfuerzos para evitar el colapso ecológico, económico y político -que se juzgaba inminente. El Club presentó guerra en dos frentes: por un lado alertó sobre el aumento demográfico exponencial, por el otro inició campañas para volver atractiva su propuesta de "crecimiento cero", esto es, disminuir el consumo de materias primas y reducir la actividad industrial para preservar el medio ambiente; y mantener estable el número de habitantes sobre el planeta -igualando la natalidad con la mortalidad- para que el número de los comensales no superara al de las vituallas.18 Gracias a la producción ideológica del centro citado, a los que se sumaron las Fundaciones Ford, Volkswagen, Olivetti y Rockefeller, el Hudson Institute, la Federación Internacional de Planificación Familiar (IPPF) y la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (FNUAP) entre muchísimas otras, los setenta se vieron envueltos en una gran preocupación para controlar al fantasma poblacional. Las iniciativas sugeridas desde entonces para limitar la natalidad fueron una constante que todavía hoy nos acompaña, pues se entendió como una tarea de primer orden, cuando no una tarea de Estado, el planificar las familias, decidir su tamaño y determinar los espacios intergenésicos ofreciendo para ello una batería de procedimientos ingeniosos.

 

Ahora bien, esa visión alarmista del futuro, que era subsidiaria de una concepción cuantitativa de los recursos, vino a toparse con un movimiento cultural que estaba modificando la manera de entender la vida y los ideales de toda una generación. Así los hijos de la Segunda Guerra Mundial reaccionaron contra los esquemas del mundo ya quebrado y definitivamente perdido de sus padres, abrazaron nuevos valores y persiguieron nuevas metas, estrechamente ligadas con el consumo o con el retorno a la vida natural, con la paz y el hedonismo, el amor libre (de procreación) y el relativismo o la apertura -morales más que teóricos- indispensables para habitar una sociedad plural sin sentirse cuestionados por fastidiosas personas que aún pretendían poseer en exclusiva la verdad y los ideales de la vida buena.

 

No nos detendremos ahora a analizar cuanto de acierto o desacierto escondía esta postura, que tenía mucho de la retórica freudiana y poco del "conócete a ti mismo". Sí en cambio pretendemos datar la conjunción de dos preocupaciones de contenido diverso, la una expresada bajo la fórmula "explosión demográfica" y la otra, complementaria, orientada a cambiar el modo de entender la vida. El resultado de este encuentro fue una revolución silenciosa que permitió rehabilitar a la práctica médica esterilizante, posibilitando el paso del eugenismo forzoso, cuyo recuerdo aún estaba fresco, a la planificación familiar voluntaria.

 

Dejaremos a un lado por el momento la lucha de las mujeres para acceder a su esterilización de manera electiva y sin sufrir por ello represalias, tópico que hemos estudiado con cierto detalle en otros lugares,19 y nos concentraremos en cambio sobre la elección voluntaria del método por varones y el surgimiento en paralelo de nuevos reparos bioéticos ante esta postura individualista fuerte o autonomista, por utilizar el léxico disciplinar norteamericano.

 

A diferencia de la cirugía de esterilización en la mujer (que puede alegar en su favor indicaciones médicas, obstétricas, genéticas, además de las anticonceptivas), la esterilización en el varón no se emprende jamás en razón de indicaciones terapéuticas propiamente dichas, si exceptuamos considerar a la vasectomía como práctica encaminada a prevenir la transmisión de una enfermedad hereditaria (indicación genética). Obviamente no es el varón el que se protege para no cursar un embarazo atendiendo a razones de salud que comprometerían en tal supuesto el funcionamiento de su organismo todo. Así desaparece con rapidez el argumento más reconocido por los gobiernos para que las personas puedan acceder a su esterilización permanente: las llamadas justificantes médico-sanitarias. El proceder típico en esos casos es recurrir al principio de totalidad cuando, para salvar el buen funcionamiento del organismo completo –comprendidos órganos y funciones-, se vuelve preciso sacrificar una parte de él. El principio se aplica en circunstancias donde están envueltas indicaciones médicas absolutas, en otras palabras en situaciones donde el bien perseguido se ordena en relación al bien total del organismo, y donde se cumplen ciertas condiciones indispensables: se cuenta con el consentimiento informado del paciente, se apunta a obtener el bien total del organismo sobre el cual se interviene (principio de unitotalidad), la intervención es necesaria (no existen alternativas válidas), se realiza sobre el órgano enfermo para removerlo o corregirlo, y la necesidad es actual o, expresado en términos negativos, no es potencial ni hipotética. Fácil es advertir entonces su inadecuación para el supuesto que estudiamos.

 

¿Cuál es entonces la motivación que permite a los varones elegir de manera voluntaria una esterilización permanente, si hacemos a un lado los motivos de salud? Por regla general para la elección de la práctica mencionada se exhiben motivos estrictamente anticonceptivos, es decir motivos que surgen de la pura voluntad de no tener hijos o de no aumentar el número de hijos que ya se tiene. Se trata de una elección subjetiva e individualista, acorde con el ambiente hedónico a que nos hemos referido. La decisión se basa en la irrestricta libertad para seleccionar un plan de vida acorde con los ideales privados de cada uno, argumentando que existe un señorío sobre el propio cuerpo, y que éste es un bien disponible en tanto al disfrutarlo no se altere el orden, no se ofenda a la moral pública ni se lesionen derechos de terceras personas. La capacidad para cercenar una dimensión corporal o el derecho a auto-mutilarse, manteniendo esta óptica, entraría también en el catálogo de posibilidades de cada ciudadano varón.

 

Pero, ¿puede acaso el bienestar personal cumplirse a expensas del bienestar societal?, ¿puede intervenirse quirúrgicamente a una persona en ausencia de enfermedad física con el sólo fin de cumplir con su voluntad arbitraria?, ¿el mayor bien de la persona resta intocado si se salvaguarda su libre actividad sexual mientras se condena su función reproductiva? La manera de entender los fines perseguidos por la medicina adquieren aquí una importancia decisiva, pues si ésta se aboca primordialmente a la curación de patologías para devolverle a los hombres la salud perdida y enseñarles a conservarla, entonces estas metas excluyen los deseos individuales de las personas y los caprichos culturales.20 La empresa médica, sin embargo, puede ser comprendida de manera mucho más compleja que esto, cuando sus objetivos específicos forman un abanico en el cual la curación sólo aporta un perfil al lado de pretensiones preformativas, remodelativas y de nudo deseo. Las ciencias sociales nos han enseñado, por otra parte, que la explicación meramente somática de determinadas dolencias, trastornos, dificultades y enfermedades es reduccionista por cuanto se basa en una noción canónica de estructura corporal, la cual desconoce esencialmente la historia de su conformación. Al considerar también este aspecto tenemos que reconocer, entonces, que algunas personas pueden sufrir como si se tratara de enfermedades situaciones vitales corrientes, no signadas por la anátomo-patología ni la psicopatología.

 

En la misma órbita de pensamiento debe también anotarse que el deseo irrestricto y gratuito de ser esterilizado por un equipo profesional trae otra dificultad al ruedo: aquello que ha de entenderse por acción personal autorreferente. Las conductas íntimas –casarse o no hacerlo, tener hijos o no tenerlos, ejercer una orientación sexual determinada, dejarse la barba, vestirse de una determinada manera, etc- así como también la conciencia ética o las creencias religiosas de las personas son gobernadas de acuerdo con un plan personal de vida que remite a ellas mismas, en tanto no se deriven de él efectos nocivos para el orden, la moral pública y los derechos de terceros. Este espacio personalísimo de acción limita el operar del Estado por cuanto éste ha de reconocer el carácter inofensivo e íntimo de las decisiones que en aquel ámbito se tomen, absteniéndose de imponer una idea particular de las conductas a seguir, de la moral a reverenciar y de las creencias a sostener.21

 

La dificultad radica en reconocerle a la esterilización masculina permanente ese carácter de conducta autorreferente vinculada con la privacidad, la libertad, la intimidad y la dignidad personales,22 porque a nuestro juicio con tal elección el solicitante de vasectomía, si bien no ofende al orden o a la moral públicas, involucra a terceras personas en su proyecto vital, y les impone por la fuerza de los hechos una interpretación particular de la beneficencia que sólo a él le atañe.

 

¿A qué terceros nos referimos? Pues en primer lugar a los familiares del paciente, principalmente su cónyuge, porque una decisión tan drástica sobre la órbita procreativa del varón, antes o después de consumado el casamiento, lo obliga a aceptar pasivamente una realidad quizá no deseada que se constituye en un impedimento serio para aumentar la prole. No analizaremos aquí las figuras delictivas que podrían aplicarse en esta circunstancia, aunque entendemos que si existió reticencia dolosa del varón, ocultando la vasectomía realizada con anterioridad al matrimonio, la esposa bien podría alegar la circunstancia como causal de nulidad, por vicios de la voluntad y error en las cualidades personales (art.175 y 220 del Código Civil Argentino). Por el contrario, si la cirugía de esterilización se lleva adelante una vez consumado el matrimonio, con ignorancia de la esposa, el hecho podría oportunamente constituirse en la causal subjetiva culpable de injurias graves (art. 202 y 214 del Código Civil Argentino), procediendo luego a la separación personal o al divorcio vincular.

 

La sociedad en su conjunto conforma otro bloque de intereses que resta oír. Estos se articulan en políticas demográficas concretas, las cuales en todos los casos reconocen la función simbólica y hominizadora que encierra la fecundidad, la cual aparece siempre revestida con una carga de valor innegable. Esto significa que la procreación no es tan sólo un bien de naturaleza individual, sino un bien en el cual la sociedad toda está particularmente interesada, dado que en ello le va su supervivencia. Aceptamos igualmente que velar por la defensa de ese bien no habilita a forzar su consumación o cumplimiento. En este renglón aparecen también argumentos concretos de naturaleza económica en vista a una distribución racional de los recursos escasos: un programa nacional de salud debería orientarse, especialmente, a satisfacer necesidades asistenciales en situaciones agudas, crónicas y terminales, dejando para el final intervenciones médicas cosméticas, remodelativas o performativas.

 

El grupo de los terceros involucrados se cierra con la mención de los intereses de la comunidad biomédica. También ellos pueden echar mano de argumentos de corte económico, sin duda, pero nos interesa aquí destacar otros rasgos. Bien podría ocurrir, por ejemplo, que el cuerpo profesional destinado a atender los reclamos de un varón que desea ser vasectomizado por un equipo experto no compartiera esa visión privada de la intervención, sino que estableciera una diferente jerarquía de beneficios y perjuicios, así como también una escala diversa en aquello que hace a las acciones obligatorias y a las supererogatorias: claramente nadie está obligado a ofrecerle a otro un servicio al que se juzga de manera inequívoca una violación del principio beneficentista que caracteriza a las profesiones biomédicas, regidas por severas normas en materia deontológica.

 

Esta postura aquí enunciada no persigue determinar la manera en que deben actuar y vivir las personas para alcanzar la virtud, qué y cómo deben planificar o profesar; cómo deben seleccionar su propio plan de vida. Rechazamos este tipo de imposiciones de morales privadas sobre los individuos, en resguardo de su intimidad, libertad y dignidad. Sin embargo el respeto por la vida privada va acompañado por el respeto de la vida familiar.23 Anotamos entonces que el señorío sobre el cuerpo propio no habilita el acto quirúrgico sin causa y se muestra insuficiente para quitarse la vida o para dañar la integridad corporal con auxilio experto de terceras personas. Caso contrario y por analogía podría pretenderse que alguna lesión de órgano o función corporal sobre uno mismo no acarrea efectos nocivos para los demás, esto es consecuencias indeseables para los obligados y resignados colaboradores del área de la salud que deberán prestar sus servicios avezados en pos de un fin insensato y recóndito, y para la comunidad toda, interesada en la continuidad vital de cada uno de sus miembros así como también en el mantenimiento de su buen estado de salud.

 

Hans-Tristam Engelhardt, en su tratado fundamental,24 asegura que la distancia moral entre individuos en nuestras sociedades contemporáneas tiende a crecer, y por tanto también la cantidad de actos supererogatorios o caricativos por sobre los obligatorios: la situación que estudiamos bien puede constituirse en un ejemplo paradigmático de esta afirmación. Aún si el destinatario no se opone a ello, una acción absurda y solicitada no puede ser canalizada por parte de los especialistas en tanto es portadora de un perjuicio o disvalor flagrante, tal como es la supresión de la función generativa, o al menos no puede pretenderse que esa acción obligue al cuerpo médico a actuar de acuerdo con los deseos privados de un solicitante. Aún cuando las acciones autorreferentes puedan involucrar a más de una persona sin perder su condición de autorreferentes, nos resulta difícil comprender al tópico estudiado dentro de esa categoría, puesto que se trata de una conducta íntima capaz de generar objeciones de conciencia en el ámbito de su externalidad inmediata.

 

Al parecer, entonces, al menos un grupo informado de ciudadanos y la mayor parte de los equipos de cuidados médicos sostienen visiones morales diversas, distintos ideales de la vida buena frente a la aparición de tratamientos injustificados, frente a la multiplicación de fármacos riesgosos o ineficaces, frente al catálogo creciente de cirugías caprichosas, etc. Un individuo que exige para sí estos logros persiguiendo su privado bien solitario, hedonista, se pone al margen de la comunidad humana, se sitúa en un “limbo moral”, aunque acepte como único límite el daño que ello le puede ocasionar a los demás. Entendemos que por esta causa los textos fundamentales referidos a los derechos humanos prohíben taxativamente a los individuos, pero también a los Estados y a las organizaciones “dedicarse a una actividad o realizar un acto dirigido a la destrucción de los derechos o libertades reconocidas”, entre las cuales se cuenta el derecho a procrear. Ahora bien, ¿en qué medida las personas pueden renunciar libre y conscientemente no sólo al ejercicio de este derecho fundamental sino también, igualmente, a su titularidad? ¿Existe acaso un derecho humano básico que hasta el momento ha permanecido oculto y que podría enunciarse como el derecho de los individuos a no procrear o bien a no procrear más? Entendemos que este no es un debate cerrado, como tampoco el de la disponibilidad / indisponibilidad del cuerpo propio, pero en cualquier caso se hará difícil para los partidarios de aquella opción armar una defensa sólida e inopinable alrededor de su tesis.

 

La condena ética que la elección esterilizante suele atraer sobre sí puede matizarse al menos en una situación específica, argumentando con fundamento sobre los alcances y el significado de la paternidad responsable.25 Bien mirado uno de los motivos más claros para solicitar sobre sí la intervención quirúrgica puede ser altruista, pues al obrar de esa manera es dable buscar la protección de la salud de la mujer que se tiene como compañera. Ella sí puede contar con una contraindicación precisa para embarazarse, no tolerar el uso de distintos métodos anticonceptivos y disponer, como alternativa única fundada en una precisa indicación terapéutica, la ligadura de sus trompas de Falopio. En razón de los costos y riesgos implicados –mayores para la mujer que para el varón-, así como también de la naturaleza del beneficio perseguido –que en ambos casos es idéntico-, el varón puede ofrecerse voluntariamente para ser esterilizado y cuidar así, de manera indirecta, a su mujer de futuros embarazos. Esta inmolación voluntaria de la función reproductiva que realiza el agente moral responde a una motivación desprendida, generosa y abnegada, que no resulta fácilmente objetable por cuanto se asemeja al contexto en el que transcurren los transplantes de órganos inter-vivos. Quizá por ello resulta una práctica frecuente entre los médicos (obstetras, planificadores familiares, etc) sugerir la intervención quirúrgica a los varones como alternativa a la esterilización de la mujer en esas circunstancias complicadas. Cabe destacar que la esterilización hace su aparición aquí como ultima ratio, y que la fundamentación a la que se echa mano es la del mal menor. Este antiguo principio moral implica discernir cuáles son los valores conflictivos en juego y jerarquizar luego cuál tiene una entidad menor, lo que posibilitaría su sacrificio en atención a salvar al de mayor importancia, descontado que no existe alternativa alguna que permita respetar a todos ellos. Infrigir un daño a sabiendas (v.g. la eliminación de la función procreativa del varón) para salvaguardar un bien (v.g. la salud de la mujer) es, sin duda, una condición de excepción, excepción que nunca puede considerarse un bien en sí mismo, sino un mal de menor cuantía. Esta elección responde a una ponderación del riesgo / beneficio, ecuación que debe resultar aceptable o proporcional entre el daño producido y el beneficio esperable de la acción acometida.

 

Otros estudiosos del fenómeno han rechazado también esta última posibilidad que aquí defendemos, por entender que si la mujer es la que padece un problema de salud es ella, entonces, la que debe solucionarlo,26 sin valerse del cuerpo de terceros para alcanzar sus objetivos particulares. Entra a jugar aquí una hipótesis realista, porque si en un futuro la pareja se deshiciera, el varón quedaría vasectomizado y la mujer vería florecer nuevamente su riesgo reproductivo. Nosotros admitimos este cuestionamiento, pero aún así, cumplimentando un buen proceso de información y de decisión asistida como también mediando una buena evaluación psicológica, entendemos que el riesgo puede correrse porque se muestra proporcional al beneficio perseguido. En definitiva tampoco en el área de los transplantes de órganos existe la plena seguridad de que el receptor “asimile” la donación y le resulte, a fin de cuentas, provechosa. Esto no elimina de cuajo la citada práctica, sino que fuerza a implementar una batería procedimental rigurosa, con vistas a cubrir todos los aspectos involucrados y todas las resultantes previsibles.

 

CONCLUSIÓN

De las tres etapas que hemos recorrido, tan sólo una mantiene vigencia plena. La correspondencia entre vasectomía y rejuvenecimiento se ha convertido en objeto de un museo de historia de las ciencias médicas, pero también los fantasmas del eugenismo y de sus excesos han quedado bastante atrás. En cualquier caso la pervivencia de elementos eugenistas en la biomedicina actual, nada desechable, transita otros carriles y se hace más fuerte en otras áreas. Resta por tanto ante nuestra vista la última figura analizada, más problemática e irresuelta por cuanto se trata de nuestro presente, en el cual volcamos nuestras ansiedades y esperanzas. La periodización ensayada, con todo, no es caprichosa, pues se erige en herramienta fundamental para auxiliar a la reflexión, necesitada de ilustraciones o de imágenes sobre las cuales ejercitarse, contra las cuales someter a prueba hallazgos e intuiciones. La reconstrucción de estos escenarios, aún incompletos y quizá inacabables, por sobre todo representa la irrupción del mundo fáctico, empírico, en el ámbito abstracto del pensamiento filosófico. La razón práctica, que caracteriza la operatoria de la ética aplicada y por extensión a la bioética, no dispone de otra manera para reflexionar sobre medios, fines, valores y normas morales.

 


1 CECCHETTO S. Esterilización masculina permanente. Aspectos médicos, disponibilidad, accesibilidad y aceptación de servicios. Quirón 31 (1) 2000: 39-52

2 Cfr. SCHULTHEISS D, DENIL J, JONAS U. Rejuvenation in the Early 20th Century. Andrologia 29 (6) 1997: 351-355. La técnica fue cayendo en desuso hacia 1935, debido a la introdución de los andrógenos en forma artificial. Entre los célebres pacientes que se sometieron a la operación de rejuvenecimiento se cuentan el Dr. Sigmund Freud y el poeta irlandés William B. Yeats.

3 Los apuntes que siguen fueron tomados de CECCHETTO S. El devenir de una técnica de esterilización permanente en un contexto latinoamericano. Tres estampas de la historia reproductiva reciente, en: IRRGANG B, MALIANDI R (eds). Philosophie der Technik in Lateinamerika. Dresden, UTD, en prensa. También CECCHETTO S. La pervivencia del eugenismo en la biomedicina contemporánea. Actas V Jornadas Argentinas y Latinoamericanas de Bioética, Mar del Plata, 1999

4 Citado por HAUGE M. ¿Qué es la eugenesia? Documenta Geigy 1964: 8

5 El III y último Congreso sobre Eugenismo se llevó a cabo en New York durante 1932, aunque trató temas casi exclusivamente de genética médica humana. El clima político y social de entonces no permitió una representatividad tan enorme ni una concurrencia masiva como ocurrió en las reuniones anteriores. De todos modos la Federación Internacional de Organizaciones de Eugenesia reunió desde 1921 hasta 1925 aproximadamente a importantes científicos de varios países para la discusión, intercambio de información y propuestas de medidas eugenésicas de nivel gubernamental, académico, investigativo, etc. Por otra parte entre el I y el II Congreso, en 1913, la Academia Sueca le otorgó el Pemio Nobel de Medicina a Charles Richet quien, en su obra cumbre La sélection humaine (Paris, 1919), dedicó un emotivo capítulo a “la eliminación de los anormales”.

6 La normativa de 1935 creó un Instituto Universitario para la Genética Humana y la Eugenesia dependiente de la Universidad de Copenhague, y asimismo legalizó la interrupción voluntaria del embarazo por indicación eugenésica -v.g. riesgo genético de la descendencia-, tal como aconteció también en Islandia. La finalidad invocada era el bienestar y la seguridad sociales. La modificatoria de1956 expresa que no se permite la coacción en temas de esterilización ni de aborto.

7 HEMMINKI E, RASIMUS A, FORSSAS E. Sterilization in Finland: From Eugenics to Contraception. Social Science and  Medicine 45 (12) 1997: 1875-1884

8 Cfr. GUGLIOTTA A. "Dr. Sharp with his Little Knife": Therapeutic and Punitive Origins of Eugenic Vasectomy- Indiana 1892-1921. Journal of History Med Allied Sci 53 (4) 1998: 371-406; SARVIS B, RODMAN H, BECKWITH J. Social and Political Uses of Genetics in the United States: Past and Present, en: LAPPE M, MORRISON R (eds). Ethical and Scientific Issues Posed by the Human Uses of Molecular Geneticis. New York, New York Academy of Sciences, 1976

9 HANAUSKE ABEL HM. Not a Slippery Slope or Sudden Subversion: German Medicine and National Socialism in 1933. British Medical Journal 313 (7070) 1997: 1453-1463 y comentario en la misma revista 314 (7078) 1997: 439-440; WEINGART P. German Eugenics between Science and Politics. OSIRIS (2º S.) 5, 1989: 260-282

10 PROCTOR RN. Racial Hygiene. Medicine under the Nazi. New York, Harvard University Press, 1988; WEISS SF. The Race Hygiene Movement in Germany. OSIRIS (2º S.) 3, 1987: 193-236; ZIMMERMANN S, ZIMMERMANN T. Zwangssterilisationen in Deutschland wahrend der Zeit des Nationalsozialismus. Zentralbl Gynakol 119 (4) 1997: 143-148

11 LIFTON RJ. The Nazi Doctors: Medical Killing and the Psychology of Genecide. New York, Basic Books, 1987

12 Para este y otros asuntos relacionados consultar la monumental obra de WEINGART P, KROLL J, BAYERTZ K. Rasse, Blut und Gene, Geschichte der Eugenik und Rasenhygiene in Deustchland. Frankfurt, Surhkamp, 1988

13 MASSIN B. Del eugenismo a la "Operación Eutanasia": 1890-1945. Mundo Científico 110 (11) 1990: 207-212

14 ANNAS GJ, GRODIN MA (eds). The Nazi Doctors and the Nüremberg Code: Human Rights in Human Experimentation. New York, Oxford University Press, 1992

15 TROMBLEY S. The Right to Reproduce: A History of Coercitive Sterilization. London, Weidenfeld & Nicholson, 1988

16 CECCHETTO S. Apuntes demográficos en torno de la esterilización masculina permanente. La Prensa Médica Argentina 87 (4) 2000: 403-408

17 HAUSER PM. La sociedad caótica. Barcelona, Ariel, 1972

18 Para una visión crítica de la "explosión demográfica" v. DUMONT GF. ¿De la explosión a la implosión demográfica?; y GARCIA PRIETO A, GONZALEZ-VILLALOBOS P. Población, desarrollo y  medio ambiente sin los prejuicios del miedo. Ambos en Cuadernos de Bioética (España) 6 (24) 1995: 415-425 y 426-434 respectivamente

19 CECCHETTO S. Bioética, salud reproductiva y derechos humanos. Jurisprudencia Argentina IV, 1999: 878-888; Bioética y salud reproductiva: esterilización permanente de mujeres. Informe de Investigación, Conicet, 1999

20 León KASS sostiene una posición semejante, en la que se excluye de la medicina toda intervención que no se encamine a subsanar una deficiencia somática. Cfr. Regarding the End of Medicine and the Pursuit of Health. Public Interest 40, 1975: 11-24; Toward a More Natural Science. New York, Free Press, 1985

21 La autorreferencia como problema es, originariamente, una cuestión nacida en el ámbito filosófico, específicamente en la lógica, las matemáticas y la filosofía del lenguaje. En los últimos treinta años se ha renovado el interés por esta cuestión en relación con los límites del lenguaje (p.e. el argumento tu quoque). Existe abundante bibliografía al respecto de corte analítico y hermenéutico, que con posterioridad interesó a los psicólogos y a los juristas (cfr. BIDART CAMPOS G. Derecho constitucional. Buenos Aires, Ediar, 1995; La salud propia, las conductas autorreferentes y el plexo de derechos en el sistema democrático. El Derecho 8894, 165-360, 11-12-1995; y también Intimidad y autonomía de la voluntad en el derecho de familia: ¿para qué, hasta dónde, con qué alcance? Derecho de familia 15, 1999: 9-30; CIFUENTES S. Derechos personalísimos. Buenos Aires – Córdoba, Lerner, 1974). En este último terreno la preocupación nació al amparo de las acciones privadas recogidas en el artículo 19 de la Constitución Nacional Argentina (cláusula de intimidad) y, probablemente, haya sido Carlos Santiago Nino quien primero utilizó la noción de autorreferencia para caracterizar a los actos cuyas consecuencias recaen exclusivamente sobre el propio sujeto actuante.

22 Como hace con firmes argumentos, entre otros, Luis BLANCO en: Autonomía personal, esterilización electiva y planificación familiar. Derecho de familia. 15, 1999: 137-184

23 Cfr. por ejemplo Convenio Europeo sobre Derechos Humanos (Consejo de Europa) y Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 8 y 17

24 ENGELHARDT H-T. Los principios de la bioética. Buenos Aires, Paidós, 1995

25 El concepto de paternidad responsable fue anunciado primeramente por los obispos anglicanos en la reunión de Lambeth de 1930. Sus desarrollos actuales se han registrado dentro y fuera de ámbitos confesionales. Cfr. por ejemplo PAULO VI. Encíclica Humanae Vitae. Buenos Aires, Paulinas, 1979, AAVV. La paternidad responsable. Madrid, Palabra, 1988; o los recientes documentos elaborados en la III Conferencia sobre Población y Desarrollo. El Cairo, 1994, IV Conferencia Internacional sobre la Mujer. Beijing 1995, etc

26 Por ejemplo, la obstetra Patricia Urbandt ha defendido públicamente en distintas oportunidades esta posición.

 

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Última modificación:Jueves, 10 de Junio de 2004