Ensayos e investigaciones

 

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Psicoanálisis y sida: del discurso sobre el sida a su particularidad*

Liliana López **

 

“Las palabras primitivamente formaban parte de la magia y conservan todavía en la actualidad su antiguo poder. Por medio de palabras puede un hombre hacer feliz a otro o llevarle a la desesperación... Las palabras provocan emociones y constituyen el medio general para la influencia recíproca de los hombres”.

                Sigmund Freud (Lecciones introductorias al psicoanálisis, 1915)

 

                El VIH ha infectado a algunos, pero el SIDA nos ha afectado a todos. esto sea dicho sin precipitarnos en la identificación con los infectados, lo cual sería hacer el juego de disolver el síntoma, aplanar las diferencias para restituir la sagrada familia de los semejantes, la unidad de un “nosotros” que no es tal y que sostiene una falsa igualdad momentánea que deshistoriza las diferencias.

                El SIDA nos concierne a todos en tanto seres humanos habitados por la pulsión. Pone en juego la relación del sujeto con la sexualidad y la muerte, con el goce. Tal vez por esto se presta a la difusión de valores morales. ha surgido un sentimiento moralizante de la causa del SIDA en vinculación con la homosexualidad, luego desplazado a la drogadicción y finalmente a la sexualidad con “personas poco conocidas” (ciertos mensajes de prevención sostienen la ilusión del objeto “adecuado” al que se accedería conociendo al otro, estudiándolo, sabiendo quien es). La moralización de la causa promueve la no tolerancia de la diferencia. Se trata de la segregación de lo que se aparta de los valores predominantes, justificando así una lógica de exclusiónque estigmatiza ymargina. esta lógica ha constituido “grupos de riesgo” y en esa construcción desconoce que el SIDA no es un problema de identidad, no depende de lo que un sujeto pueda ser, sino d elo que pueda hacer, y esto, ¿de qué depende?.

                El sujeto podrá o no estar infectado por el VIH, pero siempre estará afectado por el  Discurso sobre el SIDA y por sus propias representaciones acerca del mismo. Susan Sontag[1] ha descipto cierta militarización del Discurso. las metáforas militares tiñen casi todos los aspectos. La enfermedad es vista como una invasión de organismos extraños ante la que el cuerpo responde con la movilización de las defensas inmunológicas, a los esfuerzos por reducir la mortalidad se los denomina batalla, guerra que tiene por objetivo la derrota del enemigo. La “lucha contra el SIDA” es el prototipo de las metáforas militares sobre las que advierte Sontag, que habitan nuestro discurso y contribuyen a estigmatizar ciertas enfermedades y a quienes las padecen.

                Se puede adscribir un cierto discurso religioso. Algunos representantes de la Iglesia Católica han sostenido que el SIDA es la consecuencia de la decadencia moral, es frecuente la consideración del SIDA como castigo de Dios. En 1995, en nuestro país -según información periodística-, una autoridad de la Iglesia, el arzobispo de Santa Fe, opinaba públicamente que “en el mismo origen del sida está, no siempre pero sí muchas veces, un desorden moral ya sea por adicción a las drogas, homosexualidad o heterosexualidad descontrolada”, agregando que “no se trata de evitar el riesgo sel sida, sino de ser más nobles y no caer en la inmoralidad” (diario Clarín, 5/8-95, p. 34. SIC.).[2] De allí que se haya dicho que el SIDA no es un problema a resolver con festivales promocionales del preservativo, sino también y ante todo un problema moral y religioso.

                Nos parece necesario situar también un cierto discurso del terror y la catástrofe que no es sin consecuencias. Las representaciones apocalípticas abundan, la profusión de concepciones catastróficas en torno al SIDA no pueden atribuirse únicamente al fin del milenio ni a los peligros reales que representa esta enfermedad.

                Cuando Gérard Pommier estuvo en la Argentina en 1994 -en una conferencia acerca del imaginario del SIDA en la posmodernidad-[3] situaba un problema que él decía estaba alrededor del SIDA, que podría agravar las cuestiones. decía: “Se trata de saber cómo están funcionando las ideas a propósito de esta enfermedad, ideas que son mucho más extensas que la epidemiología misma d ela enfermedad y en gran parte si este imaginario es demasiado amplificado, el riesgo es el de presentarse como algo que va a tapar el problema en sí mismo... Por ejemplo hay un libro en Francia hecho para explicar a los jóvenes la necesisas de la utilización de preservativos que se llama «Generación SIDA», es decir que la generación de jóvenes se nombra por la enfermedad y no es poco decir que a esta generación eso permite darle un nombre”.

                Nos encontramos con una retórica alarmista que en ocasiones antes que advertir, aterra, y antes que prevenir, paraliza. Está lo que sucede ahora y está lo que ahora se presagia: el desastre inminente. Está el hecho y su proyección. Está el hecho y su imágen. En el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), en 1983 se presentó una muestra de fotografías de personas con SIDA.[4] El objetivo tal como el fotógrafo lo exoresaba era: “contar la historia del SIDA, mostrar lo que esta enfermedad verdaderamente es, cómo afecta a aquellos que la contrajeron, cómo es un problema devastador”. Lo que se ve en las fotografías, inclusive hay retratos con Sarcoma de Kaposi, es lo que ya se dijo o se mostró acerca de la gente con SIDA: que son arrastrados, desfigurados y debilitados por el síndrome, que se encuentran por lo general solos, desesperados pero resignados a sus “inevitables” muertes. Es decir que al retratar así y sólo así a las personas con SIDA se perpetúa una determinada concepción sobre el mismo: la del estrago.

                Hubo en el país una campaña[5] conocida como “el cuarto de Ana”, cuyo texto era el siguiente: “Los padres de Ana, alumna campeona, pensaban que el SIDA era una enfermedad de otros y que de paso limpiaba al mundo de homosexuales y drogadictos. Hoy limpian el cuarto de su hija”. El terror puede paralizar, conducir a la renegación, a la inhibición, y en algunos casos lograr un efecto inverso al esperado, provocando desafíos y exposiciones a situaciones de mayor riesgo. Cuando el terror comanda el Discurso sobre el SIDA, un mensaje aniquila al sujeto antes que a su sistema inmunológico: “El SIDA mata”. Ahora bien, el SIDA mata, ¿pero cuándo?.

                Un recorte clínico. Una paciente que está infectada desde hace siete aós y es asintomática dice en una entrevista: “Finalmente me decidí a comprar un libro sobre mi enfermedad. escrito por médicos y psicólogos, no está dirigido a profesionales únicamente, sino a todos los interesados, así que pensé que podría leerlo, aunque me costara. Preferí hacerlo en algún lado que me resultara agradable y tranquilo. Se me ocurrió ir a una plaza, pero es un lugar público, hay gente y como el libro tiene en la tapa la palabra SIDA en letras rojas muy grandes tiuve que forrarlo”.

                La interrumpo y le digo a modo de chiste: “¿¿Forrarlo?? Está bien que hay que usar  forros,[6] ¿pero el libro también? ¿no es demasiado?”.

                Se ríe y dice: “sabés, ahora me río, pero el otro día me angustié mucho y no pude seguir leyendo, había una palabra, una palabra que se repetía tantas veces en eltexto, era una sola palabra, o era tan sólo una palabra, pero me impidió seguir, tuve que cerrar el libro. Era la palabra «sobrevida»... ¿por qué hablar de sobrevida?”.

                Efectivamente la palabra “sobrevida” es un término que se utiliza con gran frecuencia para designar el tiempo que transcurre desde el momento de infección hasta el desencadenamiento d ela enfermedad. Cito algunos ejemplos tomados de publicaciones científcas o d ela prensa: “X Congreso Mundial de SIDA: Polémica por la sobrevida en casos con más de diez años”; “La sobrevida de los pacientes se convirtió en el eje de la discusión”; “La explicación de esta excepcional sobrevida que supera los doce años se nos escapa”; “Combinaciones de drogas antiretrovirales para prolongar la sobrevida”, etcétera. Inclusive se utiliza el término long survivors (sobrevivientes de larga data) para nombrar a aquellos infectados que no han desarrollado síntomas d ela enfermedad por más de diez años. “Sobrevida”, palabra que tantas veces usamos en la investigación y discusión del SIDA, esta paciente me permitió escucharla por primera vez. “Sobrevida” viene de “sobrevivir”. Según el diccionario, sobrevivir es seguir vivo después de una ruina, un desastre o una catástrofe. La entrada del virus en el cuerpo, la infección es leída no ya por el organismo sino por el Discurso como ruina, desastre o catástrofe.

                El SIDA, haciendo que las personas sean consideradas enfermas antes de estarlo, anticipa la muerte social a la muerte física. Los efectos devastadores que en la realidad fáctica del organismo nadie puede precisar cuándo van a producirse son anticipados por la realidad psíquica y/o el imaginario social. Hablar de “sobrevida” devela y oculta una dimensión catastrófica que atañe no sólo a la muerte sino al contagio, la transmisión.

                En la infección por VIH se pueden señalar dos particularidaes:

                1. lo imprevisible, lo incierto, lo indeterminado del tiempo de incubación. No puede hacerse una predicción respecto del tiempo de instauración de los síntomas. El saber médico no puede precisar cuándo, ni qué, ni cómo.

                2. el hecho de que se ha recibido de otro, conocido o no, y que se puede transmitir.

                Una expresión vincula estos dos aspectos al tiempo que revela la paradoja en juego: “portador sano”. Esta noción vuelve a mostrar cómo la afección se transforma en un mal que apunta al ser antes de atacar el cuerpo. Algunos pacientes lo expresan así: “Se es un enfermo sin estar enfermo. No se está enfermo pero se transporta consigo la enfermedad, se es contagioso”.

                La seropositividad prescribe una privación higiénica sin permitirle al sujeto maniobrar a su modo en una nueva economía libidinal. El diagnóstico de la infección tiene consecuencias dictadas sobre las prácticas sexuales y la relación del sujeto con el otro. Implica un ataque a lo más íntimo y menos comunicable de su ser, a su goce. Cuando alguien toma conocimiento de seropositividad se modifica la realidad de su responsabilidad. F. Léguil y D. Silvestre[7] lo describen así: “Previamente la responsabilidad estaba centrada en la manera en que su deseo lo confortaba al goce supuesto, temido, tolerado o tomado del partenaire. El anuncio de un test positivo transfiere la cuestión de la repartición de los placeres sexuales a la salud del parteneire. La salud del otro es el horizonte impuesto de la nueva responsabilidad subjetiva”. La salud del otro, la vida del otro está en la perspectiva, así sea cuidada o no. Esta dimensión, la del contagio, la transmisión también incide en la responsabilid del médico. Éste, si bien puede frente a determinadas enfermedades elegir si comunica o no el diagnóstico al paciente pierde la opción en este caso, tratándose de la infección por VIH, la transmisión le impide retener ese saber.

                Para los analistas, nuestra responsabilidad, sus alcances y límites están determinados por una ética, la analítica, que es la que sostiene nuestra función y nuestra práctica. La ética en psicoanálisis propone a cada analista atender a la singularidad, no encuadrar el sufrimiento en clasificaciones gnoseográficas. No hay dirección de la cura orientada desde el presupuesto de ninguna clínica psicopatológica del SIDA, así tampoco, en la clínica psicoanalítica la prevención ocupa el lugar de un fin a priori, sin embargo ésta puede emerger como la cura del síntoma por añadidura. 

                Para finalizar diremos, entónces, que se trata de la particularidad, no de una clínica psicoanalítica del SIDA, que no la hay, sino cómo la particularidad del SIDA atraviesa nuestra clínica. Si como decía al comienzo, un sujeto afectado o no por el VIH siempre lo estará por el Discurso sobre el mismo, una trama de ficciones sociales y particulares está operando trampas metafóricas que coagulan un sentido y que podrán ser puestas en evidencia, interrogadas y desgastadas o no. No siempre, no en todos los casos. El diagnóstico de la infección toma para cada sujeto una significación particular que permitirá leer sus apuestas, cómo se juega en cada uno la tensión paradojal entre el no saber cuándo puede enfermar y el saber que sí puede contagiar. La presentificación de un límite puede conducir a detener cualquier proyecto futuro e incluso cuestionar la necesidad de tratamiento alguno, pero tal presentificación puede operar también despertando al sujeto y extremando las posibilidades que su deseo pueda abrirle.[8]


* Este trabajo tiene por base la Comunicación presentada por la suscripta en las Jornadas Anuales “Desafíos de la Clínica: Teoría , Práctica e Institución”, Centro de Salud Mental N° 3 “Dr. Arturo Ameghino”, Buenos Aires, 14, 15 y 16 de agosto de 1996.

** Licenciada en psicología con Orientación Clínica, UB.A. Psicoanaslista integrante del equipo de Adultos del Centro de Salud Mental N° 3 “Dr. Arturo Ameghino” (Buenos Aires). Integrante de Cartels de la escuela Freudiana de la Argentina. Asistente a la Red de salud Mental y SIDA de la Dirección de Salud Mental de la Secretaría de Salud del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

[1] El SIDA y sus metáforas, Muchnik.

[2] Monseñor Edgardo G. Storni envió una nota a las autoridades de los colegios católicos de Santa Fe recomendándoles la prohibición del libro del doctor Alfredo Miroli (SIDA. Manual para todos) y la no asistencia a sus charlas, cuya visita -en ocasión de la inauguración de la sede del Centro Interdisciplinario de Enfermedades de Transmisión Sexual y Sida (CIPRES)- había sido declarada de interés municipal y de interés provincial.

[3] Pommier, G.: “El imaginario del SIDA en la posmodernidad”, en El SIDA en la cultura (Comp.: S. Inchaurraga), Homo Sapiens.

[4] Crimp, D.: “Portraits of people with AIDS”, en Cultural Studies, Rontledge.

[5] Para un mayor desarrollo del tema de las campañas de prevención, ver López, L.: “Psicoanálisis y SIDA: acerca del tropiezo de la información”, en Quirón, vol. 28, n° 3, 1997.

[6] Vulgarismo popular para denominar a los preservativos.

[7] “Psychanalistes confrontés au SIDA”, en Ornicar, 45.

[8] Además de la hasta aquí citada, se empleó la siguiente Bibliografía general: Freud, S.: Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, Biblioteca Nueva; García Düttmann, A,: La discordia del SIDA, Anaya y M. Muchnik; Lacán, J.: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, El reverso del psicoanálisis, Paidós, La ética del psicoanálisis, Paidós; Légui, F., Silvestre, D. y Linard, F.: “Insomnios cotidianos. El SIDA una ruptura para el sujeto”, en Confluencias, vol. III, n° 1.

 

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Última modificación:Jueves, 10 de Junio de 2004